19.9.13

Primera Parte


I

En la sala oscura solo se percibía un rayo de luz. Terrible rayito de luna que la molestaba de manera agobiante, pues chocaba con su cuerpo y la hacía entender que a pesar de todo si existía en ese preciso instante, ese instante cuando la luz chocaba su cuerpo y delataba el color canela de su piel. Se paró de repente cuando ya no podía aguantar más aquella luz, y moviéndose torpemente avanzo hacia la ventana, tropezándose con los libros que había derrumbado anteriormente en la discusión. Trató de cerrar aquel espacio minúsculo que las cortinas naranja dejaban libre a pesar de haberlas estirado al máximo. Una y otra vez halaba con fuerzas sin resultado alguno hasta desplomarse en el suelo. La presencia de Lulú se hizo evidente cuando sonó su collar al salir debajo del sofá donde dormía su cuerpo anciano y agobiado por las incontables caminatas en el parque. Lamió la rodilla de Marua para hacerle saber que comprendía su dolor y que aunque no la pudiera ver podía oír su llanto.
 
La noche avanzaba y amenazaba con terminar aquella oscuridad a la cual Marua se aferraba. Desde niña solía buscarla ansiosamente cuando sus padres tenían aquellas discusiones interminables. Buscaba de la oscuridad en los lugares más obvios: el closet, el baño de visitas o debajo de la cama, pero cuando todo aquello fallaba recurría a ser creativa y sus padres ya desesperados la encontraban en el baúl de abuela, dentro del colchón que había sido ahuecado por las ratas o incluso dentro de una de las gavetas del viejo armario de su padre que había sido clausurado en la habitación de su difunto hermano.
 
Desde que Marcos murió las cosas habían sido difíciles para Marua. El peso de su ausencia sumada a la ligereza con la que sus padres afrontaban el dolor de la pequeña hacía que Marcos pareciera más un personaje de una historia fantástica que un adolescente apasionado y atormentado por las hormonas y las drogas. Quince pastillas para dormir no solo le arrebataron la vida sino también que le robó el único ser que dentro de su suplicio pudo ser una fuente de seguridad para Marua.
 
Lulú se percató de que sus lamidas no atraían la atención de quien había sido su protectora por 14 años y comenzó a gemir de manera suave. Marua levanto la mirada y al instante la perra se lanzó a su regazo. Marua la acaricia sin interés mientras sus ojos están perdidos en la nada y las lágrimas tibias recorren sus mejillas frías. Se levanta aun con Lulú en los brazos sin dejar de acariciar su lomo, se percata de los libros y decide borrar la evidencia del altercado que desmanteló aquel secreto que se empeñó en mantener como solo suyo por tanto tiempo. Puso al animal devuelta al suelo sin delicadeza, dejándola caer de 20 centímetros del suelo y comenzó a recoger los libros poniéndolos sobre la mesa sin cuidado. Se dirigió a la recamara, se detuvo en el umbral y mientras trataba de decidir si encendía o no el bombillo  alcanzo a ver su sutil reflejo en el espejo frente a ella. Solo podía percatarse del blanco de sus ojos y el brillo del diamante en su dedo. Poco a poco fue divisando el resto de su reflejo triste.  Iba vestida de pantalón y chaqueta de vestir oscuro una talla más pequeña de lo que su figura llena podría aguantar. Estaba descalza y su pelo crespo había desafiado la gravedad. Se pasó las manos por el pelo como acostumbraba hacer al verse despeinada y limpio las lágrimas que ya sus ojos no pudieron contener a ver el reflejo de aquella persona que pudo haber permitido tan atroz crimen.



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