I
En la sala
oscura solo se percibía un rayo de luz. Terrible rayito de luna que la
molestaba de manera agobiante, pues chocaba con su cuerpo y la hacía entender
que a pesar de todo si existía en ese preciso instante, ese instante cuando la
luz chocaba su cuerpo y delataba el color canela de su piel. Se paró de repente
cuando ya no podía aguantar más aquella luz, y moviéndose torpemente avanzo
hacia la ventana, tropezándose con los libros que había derrumbado
anteriormente en la discusión. Trató de cerrar aquel espacio minúsculo que las
cortinas naranja dejaban libre a pesar de haberlas estirado al máximo. Una y
otra vez halaba con fuerzas sin resultado alguno hasta desplomarse en el suelo.
La presencia de Lulú se hizo evidente cuando sonó su collar al salir debajo del
sofá donde dormía su cuerpo anciano y agobiado por las incontables caminatas en
el parque. Lamió la rodilla de Marua para hacerle saber que comprendía su dolor
y que aunque no la pudiera ver podía oír su llanto.
La noche
avanzaba y amenazaba con terminar aquella oscuridad a la cual Marua se
aferraba. Desde niña solía buscarla ansiosamente cuando sus padres tenían
aquellas discusiones interminables. Buscaba de la oscuridad en los lugares más
obvios: el closet, el baño de visitas o debajo de la cama, pero cuando todo
aquello fallaba recurría a ser creativa y sus padres ya desesperados la
encontraban en el baúl de abuela, dentro del colchón que había sido ahuecado
por las ratas o incluso dentro de una de las gavetas del viejo armario de su
padre que había sido clausurado en la habitación de su difunto hermano.
Desde que
Marcos murió las cosas habían sido difíciles para Marua. El peso de su ausencia
sumada a la ligereza con la que sus padres afrontaban el dolor de la pequeña
hacía que Marcos pareciera más un personaje de una historia fantástica que un
adolescente apasionado y atormentado por las hormonas y las drogas. Quince
pastillas para dormir no solo le arrebataron la vida sino también que le robó
el único ser que dentro de su suplicio pudo ser una fuente de seguridad para Marua.
Lulú se
percató de que sus lamidas no atraían la atención de quien había sido su
protectora por 14 años y comenzó a gemir de manera suave. Marua levanto la
mirada y al instante la perra se lanzó a su regazo. Marua la acaricia sin
interés mientras sus ojos están perdidos en la nada y las lágrimas tibias
recorren sus mejillas frías. Se levanta aun con Lulú en los brazos sin dejar de
acariciar su lomo, se percata de los libros y decide borrar la evidencia del
altercado que desmanteló aquel secreto que se empeñó en mantener como solo suyo
por tanto tiempo. Puso al animal devuelta al suelo sin delicadeza, dejándola
caer de 20 centímetros del suelo y comenzó a recoger los libros poniéndolos
sobre la mesa sin cuidado. Se dirigió a la recamara, se detuvo en el umbral y
mientras trataba de decidir si encendía o no el bombillo alcanzo a ver su sutil reflejo en el espejo
frente a ella. Solo podía percatarse del blanco de sus ojos y el brillo del
diamante en su dedo. Poco a poco fue divisando el resto de su reflejo triste. Iba vestida de pantalón y chaqueta de vestir oscuro
una talla más pequeña de lo que su figura llena podría aguantar. Estaba
descalza y su pelo crespo había desafiado la gravedad. Se pasó las manos por el
pelo como acostumbraba hacer al verse despeinada y limpio las lágrimas que ya
sus ojos no pudieron contener a ver el reflejo de aquella persona que pudo
haber permitido tan atroz crimen.
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