Todos los días empiezan igual. Abro los ojos, miro la hora y
decido que hoy será un día maravilloso. Voy al baño mientras Tara me da los
buenos días moviendo su colita loca y
pienso que no hay mejor manera de empezar el día. Me pongo mi ropa de correr y
mis tennis, agarro mis audífonos y las llaves y salgo a darle la bienvenida a
la mañana. Correr me hace sentir viva, siento como mis piernas soportan mi
cuerpo, desafían la gravedad y con mucho esfuerzo me mueven a una velocidad que
no pensé que podría alcanzar. Siento la brisa, el sol y los buenos días de
otros madrugadores. Siento que es el único momento a solas donde puedo
olvidarme de lo que soy y comienzo a sentirme como quiero ser. LIBRE. Simplemente
existo.
Esa libertad dura poco cuando el sonido de los carros me
recuerdan que ya es hora de regresar a casa porque yo también tengo que salir al
mundo. Y así, cada detalle de la ciudad, cada rostro de los peatones, cada
sonido me va despertando en lo que me he convertido: Carmen, un ser humano con
nombre y apellido como otro más. Y a medida que dejo de existir y voy convirtiéndome
en producto de mis circunstancias la ansiedad comienza a subir y a subir. Aplastando
cada sueño, cada deseo, hasta volverme en una masa deforme que no encaja en ningún
molde.
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